El ataque

Mientras tanto, Pizarro dividió sus huestes en cuatro partes y se escondieron en los edificios que rodeaban la plaza. En el primer galpón esperaba Hernando Pizarro con catorce o quince jinetes; en el segundo estaba de Soto con quince o dieciséis caballos; en el tercero se situaba un capitán con otros tanto soldados en tanto Francisco Pizarro con veinticinco efectivos de a pie y dos o tres jinetes esperaban en otro edificio. En medio de la plaza, en una fortaleza que probablemente era un ushnu estaba el resto de la gente con Pedro de Candia y ocho o nueve arcabuceros más un falconete.

Lenta y pausadamente entró el Inca a la plaza después de que sus soldados la ocuparan parcialmente y se sorprendió de hallarla vacía. Al preguntar por los españoles le dijeron que de miedo permanecían ocultos en los galpones. Entonces avanzó con mucha solemnidad el dominico Valverde con una cruz entre las manos acompañado por Martinillo, el intérprete, y pronunció el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y servir al rey de España, al mismo tiempo que le entregaba el evangelio. El diálogo que siguió es narrado de modo distinto por todos los testigos. Es posible que la tremenda angustia vivida en esos instantes impidiera recordar después las frases exactas que se cruzaron entre los diversos actores de la tragedia.

Tras el Inca y en otra anda era llevado el curaca de Chincha y en un momento Pizarro vaciló no sabiendo cuál de los dos era el Inca. Sin embargo, ordenó a Juan Pizarro dirigirse hacia el curaca y él y sus soldados avanzaron hacia el Inca.

A una señal de Pizarro, el silencio cargado de amenazas se transformó en la más tremenda de las algaradas. Estalló el trueno del falconete y retumbaron las trompetas, era el aviso para que los jinetes salieran al galope de los galpones. Sonaron los cascabeles atados a los caballos y dispararon ensordecedores los arcabuses; los gritos y alaridos eran generales. En esta confusión, los aterrados indígenas, en un esfuerzo por escapar, derribaron una pirca de la plaza y lograron huir. Tras ellos se lanzaron los jinetes dándoles el alcance y matando a los que podían mientras otros morían aplastados por la avalancha humana.

Mientras tanto, Juan Pizarro se abalanzó en dirección del señor de Chincha y lo mató en sus andas. Por su parte, Francisco Pizarro con sus soldados masacraban a los naturales que desesperadamente sostenían el anda del Inca. Al ver la situación, un español sacó su cuchillo para ultimar a Atahualpa, pero Pizarro se lo impidió saliendo herido en una mano y ordenando que nadie tocase al Inca. Por fin, los españoles asidos de un costado del anda lograron ladearla y cogieron al soberano.

Al caer la noche de aquel aciago 16 de noviembre de 1532, había terminado para siempre el Tahuantinsuyo. El Sapan Inca estaba cautivo y con su prisión llegaba a su fin la autonomía del Estado indígena. Sucesos trascendentales traerían profundos cambios no sólo para los Andes sino también para Europa.