El tercer viaje de Francisco Pizarro y su llegada a Tumbes
En el tercer viaje, Pizarro encontró el pueblo de Tumbes quemado y destruido por el ataque del curaca de la Puná. Los hispanos tardaron en la costa ocupados en fundar el pueblo de San Miguel de Tangarará y en hacer averiguaciones sobre esa tierra. Ahí fue que se enteraron de la guerra fratricida, situación que podía serles útil para la invasión.
Según el cronista Mena, Atahualpa envió a un capitán suyo disfrazado de hombre humilde para espiar a los cristianos. Este personaje propuso luego atacar al ejército español en un desfiladero pero el Inca se lo impidió porque quería que subiesen hasta Cajamarca.
Lenta y prudentemente avanzaban los españoles y en un reconocimiento del campo, Hernando de Soto llegó con cuarenta hombres al lugar de Caxas donde hallaron un pueblo destruido por la guerra pero con los depósitos llenos y un Aclla Huasi o Casa de Escogidas. Los soldados quisieron repartirse a las mujeres pero Pizarro tenía prohibido cualquier desmán o pillaje que pudiera irritar a los naturales.
Estando en Caxas llegó un mensajero de Atahualpa que preocupó al curaca del lugar, pero de Soto lo tranquilizó. El enviado traía unos patos degollados rellenos de paja con el mensaje de que lo mismo les sucedería a los cristianos. El emisario de Atahualpa se reunió con Pizarro y el gobernador, como buen diplomático, se mostró muy complacido con las noticias del Inca y le remitió de regalo dos copas de vidrio y una rica camisa. Además, ofreció su ayuda para combatir cualquier enemigo del soberano.
Durante varios días continuó Pizarro su camino hacia la sierra hasta que llegaron ante el real de Atahualpa, quien les mandó regalos de carne asada, maíz y chicha. Un curaca amigo les recomendó no probar bocado por temor a que fuesen víveres envenenados.
Al atardecer entraron sigilosamente en Cajamarca, temerosos de algún encuentro armado. Hernando de Soto y Hernando Pizarro solicitaron del gobernador el permiso para dirigirse al real de Atahualpa y verlo de cerca. El Inca estaba sentado en una tiana o asiento bajo a la entrada de una casa rodeado de sus principales y de sus mujeres. Soto se acercó caracoleando su cabalgadura tan cerca del soberano que su borla se movió con el resoplido del caballo sin que el Inca hiciese el menor gesto de sorpresa o de temor. Hernando Pizarro que se había atrasado, apareció con un intérprete en el anca de su caballo. El Inca les ofreció de beber y les prometió ir personalmente a la ciudad al día siguiente.
Los españoles pasaron la noche en constante guardia temiendo un ataque sorpresivo pero nada les molestó. Al día siguiente los mensajeros iban y venían sin que el Inca se diera prisa alguna. Recién al atardecer y ante las repetidas insistencias de Pizarro, Atahualpa se decidió a entrar al pueblo.