Al tratar de los modelos económicos en el Perú prehispánico, tenemos que tomar en cuenta que el país no estaba organizado por la institución del mercado y no conocía el uso del dinero.

El modelo Inca se ha calificado de redistributivo debido a las funciones que cumplía el propio gobierno pues gran parte de la producción era acaparada por el Estado, el cual a su vez distribuía según sus obligaciones y su interés.

En las sociedades dominadas por la redistribución, la producción y la repartición de bienes se organiza en función de un centro -ya sea un jefe, un señor, un templo o un déspota- el mismo que reúne los productos, los acumula y los redistribuye para retribuir a sus agentes, asegurarse el mantenimiento y la defensa de los servicios comunes y para conservar el orden social y político. Por muchos años se alabó y consideró la organización Inca como la materialización de una utopía admirada por los europeos. Se creía que el almacenamiento de productos de toda índole tenía por objeto fines humanitarios. Esta apreciación sólo demuestra una incomprensión de los mecanismos económicos del Estado.

Gran parte de la redistribución era consumida por el sistema de la reciprocidad, por el cual el gobierno se veía obligado constantemente a renovar los grandes "donativos" a los diversos señoríos, a los jefes militares, a las huacas, entre otros.

La sierra sur

Los inicios del estudio de la economía serrana han sido investigados por John Murra y, según él, para obtener productos de diversos medio ambientes, los naturales se valieron del sistema de enclaves. El núcleo serrano controlaba, por medio de colonias multiétnicas, zonas situadas en diversos microclimas distantes unos de otros. Subrayamos la palabra distante para señalar que esos enclaves se hallaban a varios días de caminata del núcleo central, como por ejemplo los enclaves del altiplano que dominaban los situados en la costa o en la selva. El problema que surge es el modo como se iniciaron estos enclaves y a través de qué documentos llegamos a la conclusión que se debían a una conquista previa. En el litoral sureño es posible que los habitantes de las serranías no encontraran en la costa una hegemonía yunga lo suficientemente poderosa y organizada para rechazar cualquier ataque de la gente cordillerana.

La sierra central

Una situación muy diferente a la del altiplano sureño existía en la cordillera marítima central en el antiguo Perú. Las condiciones del medio ambiente eran totalmente diferentes e hicieron que los naturales buscaran su propio modelo.

La información la obtuvimos gracias a unos documentos de 1549 y 1532 sobre la zona de Canta, provincia de Lima, cuando el aparato organizativo indígena aún funcionaba. El terreno en la zona de Canta es bastante abrupto y goza de climas diferentes a una distancia relativamente corta, lo cual permite producir recursos variados. Expliquemos su organización original que presenta una situación nueva.

El Señorío de Canta comprendía ocho ayllus y para atender cultivos situados a diversos niveles ecológicos distantes unos de otros por un día o dos de marcha, idearon un trabajo comunal de los ocho ayllus, rotativo y de temporada. Cuando cumplían faenas comunales, se mudaban de un lugar a otro con el objeto de realizar determinados trabajos agrícolas. Esta transhumancia limitada los llevó a poseer, además de sus pueblos permanentes, unas aldeas comunes habitadas temporalmente mientras cumplían sus labores en la zona, por ejemplo cuando se dirigían a la puna a sembrar y cosechar una planta de gran altura llamada maca (Lepidium meyenii) o a realizar la esquila de sus rebaños de camélidos. En otra época del año bajaban a la región chaupi yunga o costa media a las plantaciones de cocales o de maíz . También para la confección de objetos necesarios a la comunidad emplearon este sistema rotativo como los tejidos elaboración de cerámica, fabricación de ojotas (calzado andino) o la preparación del charqui, carne seca y deshidratada.